El tránsito de mi padre

Clásicos 01 Jan 2024

El tránsito de mi padre

Por Pedro Martins Costa

Es difícil. Es la enésima vez que intento comenzar este texto en forma de pensamiento vestido de palabras, y no es fácil. Quiero huir de “erase una vez el Tránsito de mi Padre”, y pensé que podría empezar por “¿cómo puedo pedirles atención, si al mirar una fotografía así la gran mayoría de ustedes desatará a escuchar el sonido de las memorias de tantos Transits que vivieron de ese lado?”. De alguna manera tengo que empezar, antes de que el editor cierre la hora de publicación del Periódico, y así me postro, asumiendo la derrota.

“Erase una vez el Tránsito de mi Padre”. Blanca, con la carrocería de nueve asientos que me permitía venir de la última a la primera fila de asientos más rápido de lo que ella alcanzaba los 100 por hora (que alcanzó, bien vi yo con mis ojos abiertos, cierto día en una de las secciones de la EN16 allí al llegar a Valle Mayor, cerca de Albergaría-a-Velha, en el sentido en que la carretera tiene una recta larga… con algún declive). La carrocería amplia en el interior que, con los asientos ordenados (cual bateados, eso es de otros tiempos), permitía transportar botellas hasta el techo (allí vacíos, aquí llenos, en una de las técnicas más sostenibles y biológicas de descenso de un vehículo: de hecho, no era necesario manipular la suspensión – bastaba, para eso, llenar bien hasta la última gota los envases con el néctar divino que mi Padre vendía allí en El Centinela).


Es verdad, el letrero sobre la puerta. La calle, en Sever do Vouga, mantiene su nombre: es la Rua do Casal, pero El Sentinela es ahora un albergue de alojamiento local donde la gente aterriza el espíritu. Allí en aquel entonces, y entre el néctar y las hizo, el Alma deambulaba en viajes hacia otros mundos, con los pies más o menos bien asentados en el mundo de aquí. Recuerdo las copas de vino vendidas a 40 escudos (veinte céntimos. Veinte). De las pastillas Gorila gigantes que servían de base a los concursos de ‘quién aguanta mascar más?’. De estar en aquel banco allí al lado de la puerta con mi Hermano ‘jugando a los coches’ – cada uno elegía una marca o un color, y el primero en llegar a los diez, o a los veinte, o a los cincuenta (dependiera de la velocidad del tiempo), ganaba. En aquella época, la elección de Opel o Renault garantizaba duelos épicos. En los colores, el gris y el blanco también se peleaban bien. No obstante, a veces soltábamos el coraje y escogíamos Ford o Toyota, negro o azul o hasta rojo y crema (se hiciera este combate al atardecer, y podíamos coger las Hilux de las personas que volvían de sus trabajos).

¿Por qué El Centinela? La foto no permite ver, pero justo a la izquierda teníamos el inicio de las escaleras que daban al antiguo puesto de la GNR. Ahora, sin ninguna agencia de marketing, mi padre pensó que sería un nombre adecuado. ¿Tiene sentido?

Volviendo a Transit, era con ella que el mundo giraba. La radio no funcionaba, pero ahora que lo pienso, nunca hizo falta. A la semana el trabajo, el fin de semana lo recoge el niño más joven (el que les escribe), lo envuelve en una manta naranja ya desgastada con el tiempo y lo lleva en el asiento delantero a la casa de los abuelos, para terminar de dormir el sueño de la mañana o ver la Calle Sésamo a escondidas. El Domingo, ir en paseo “ver el agua”, bajando al Río Vouga, o pasear por el Braçal, con el Abuelo Lino a explicar el mapa de los carriles que daban acceso a las minas. Cierto día, camino a las gasolineras (en un ritual que me encantaba, por el aroma del combustible que se asomaba a lo lejos), iba yo entretenido en el asiento de atrás haciendo muecas a los otros conductores. Qué castigo de los dioses, el banco se soltó y mi barbilla se proyectó a gran velocidad hacia la puerta de atrás. Fue merecido, y el perfume de las gasolineras ayudó a la cura. En algunas de estas ocasiones, la Transit se cansaba. Era necesario parar y poner agua en el radiador. Después, era necesario continuar. Y ella continuaba.

El puesto de la GNR fue convertido en biblioteca, y allí pasaba muchas tardes leyendo Las aventuras de Tintin y, más tarde, imprimiendo fotografías de automóviles extranjeros que desconocía encontradas en la maravillosa y reciente internet conectada en el único ordenador de la sala, que después rellenaba el papel adhesivo para distribuir por los cuadernos de la escuela y por los muebles de la casa (lo que, en visitas a los padres, puede aún causar algún susto si, por casualidad, me encuentro con una pegatina de un Ford Escort americano de inicios de los años 90. Pues, no es lo mismo que los nuestros, que ya en sí no siempre andan de la mano con la belleza, no).

Más tarde, mi hermano aprendía a conducir y el mundo de Transit giraba un poco más rápido. Era en ella que embarcábamos para ir a ver el rally pasar precisamente en la sierra del Braçal, donde la cinta de seguridad para control del público podía acabar por ser aquel tronco del árbol al que me agarré para ver pasar el McRae.

EL-07-24. La primera matrícula que memoricé. No sé si hoy pasaría la inspección, pero aquellas chapas con relieve eran motivo de orgullo. Eran la señal visible de que el Transit de mi Padre tenía algo más. Tanto más, que en la foto que allí vemos arriba, mi Madre se distrae y, en vez de mirar a la cámara, escudriña algo en ella y sonríe.


No romperé ningún secreto de Estado al confesar ahora que Transit ya partió hacia otros mundos. Después de las manos de mi padre, fue vendida en 1998 y los siguientes dueños la dejaron sucumbir. Sabemos que una Transit sólo muere cuando deja de tener atención, y esa es quizás la mayor de las penas que guardamos de ella. Hoy, sin embargo, continúan los tampones metálicos guardados en el ático, para el día en que los volveremos a poner: “cuando la pintemos, aplicamos los tampones”.

Ya no llegaremos a tiempo para pintarla, es cierto, pero de los tampones brillando mi Padre seguirá cuidando.

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